Documental gaitas, en construcción


Vientos de Resistencia cap. 1 (teaser) El carrizo Kankuamo from zeltiaudiovisuales on Vimeo.

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Hasta Atanquez, un pequeño pueblo en lo alto de la Sierra Nevada de Santa Marta resguardo de la comunidad indígena kankuamo, llegamos guiados por un son místico; el son nace de un par de carrizos tocados por dos hombres, Toño Villasón y Francisco Alvarado alias “Chico”.
Toño Villasón es un indígena bajito y simpático que vive  en una casita , con las paredes llenas de fotos de lugares y carteles de festivales donde estuvo tocando su carrizo junto a Chico. Herencia de sus padres, Toño es uno de los últimos músicos kankuamo y conserva en su soplo y su canto el baile de chicote, música ancestral y mística de los indígenas kankuamo que viaja por los tiempos y le canta a la vida, a la naturaleza, a la humanidad y al universo.
Originalmente el carrizo sólo se tocaba en los rituales religiosos para hacer la danza de chicote y conforme el proceso de colonización fue avanzando, el instrumento comenzó a utilizarse también en velatorios de santos, fiestas patronales y parrandas.
Chico, el inseparable compañero musical de Toño, tiene parkinson y las manos temblorosas ya no le permiten tocar bien el carrizo. Toño y Chico hablan con tristeza de como los jóvenes kankuamo han asimilado otras músicas más comerciales y populares como el vallenato y la música tradicional está condenada al olvido, a falta de una escuela donde transmitírsela a las futuras generaciones. También cuentan del desprecio de algunos por su propia cultura, por lo indígena.

Desde Bogotá Daniel Mestre, uno de tantos jovenes kankuamo desplazados –tuvo que huír de Atanquez y adaptarse a vivir en la ciudad,tras las amenazas de muerte recibidas-, cuenta la triste historia de su pueblo, aniquilado física y culturalmente a lo largo de los siglos, y su lucha para resistir y existir:
“Mientras se sueñe con cambiar hay esperanza, el día que los sueños se acaben ahí sí que es mejor cerrar e irnos, porque ya no tendrá sentido seguir viviendo”
Los picos verdes de la Sierra perfilan su silueta en el rojizo amanecer, el colibrí repite su ritual de supervivencia danzando de flor en flor y el carrizo de Toño Villasón suena tercamente, a contracorriente, a contratiempo.
En medio de tanta injusticia e impunidad, la música resiste como uno de los últimos vestigios de la cultura de los Kankuamos, destrozada por siglos de extrema violencia, un auténtico genocidio que continúa hasta los días de hoy.

Capítulo 2: Escuela de Gaita Lumbalú.
Teaser del capítulo 1, montaje a partir del material filmado durante la fase de investigación del proyecto documental, en Ovejas.

Vientos de resistencia capítulo. 2 from zeltiaudiovisuales on Vimeo.

Los maestros campesinos sembraron en el alma de Arturo una semilla que ha marcado su vida, dedicada a la investigación y el aprendizaje de la gaita con los grandes tamboreros y gaiteros campesinos y a la transmisión de este legado a las jóvenes generaciones urbanas en la escuela de Gaitas Lumbalú, creada por él.
“Lo que uno ama, eso es lo que uno es, y hay que echarle pa delante, porque uno no sabe qué es lo que va a pasar con uno” –dice Arturo-.
La música de gaita combina varios instrumentos de diversa procedencia: la gaita colombiana de origen indígena, los tambores africanos, el canto español y la maraca. La gaita hembra marca la melodía, la gaita macho la acompaña con dos notas que el gaitero toca con una mano, mientras hace sonar con la otra el ritmo de la maraca. Se trata de una flauta de madera con cabeza de cera y pico de ave. El tambor llamador, el tambor alegre y la tambora tocan varios ritmos acompañados por cantos que evocan el mundo campesino.
La escuela de gaita Lumbalú está situada en un barrio marginal de Pereira, donde hay mucha violencia y pocas salidas para los jóvenes, que a menudo se enganchan en el narcotráfico, el pandilleo y la delincuencia común o se alistan al ejército. En este contexto la música proporciona una alternativa.
“Cuando un joven es tocado por un instrumento, su autoestima entra en él, y entonces él ya se siente importante. Le cambia la cotidianidad de un barrio donde solamente se consume droga o donde hay tanto conflicto. Aquí es donde yo pienso que a través de la música se puede transformar el mundo, se pueden romper fronteras” –dice Arturo-.
La escuela sale adelante con muchas dificultades económicas, los talleres son gratuitos y no tienen un lugar estable donde reunirse a tocar, algunos días les dejan espacio en una escuela, otros les toca ensayar en la plaza.
En septiembre los jóvenes músicos de la Escuela de Gaitas Lumbalú están muy emocionados con los preparativos para acudir a concursar en la categoría semiprofesional del Festival Nacional de Gaitas de Ovejas, espacio de encuentro donde tendrán la oportunidad de conocer y ver tocar a grandes maestros y a los mejores grupos de gaiteros de Colombia. Llevan todo el año juntando el dinero necesario para pagar el viaje de atuobús hasta Ovejas mediante la venta de pequeñas artesanías y dulces, y por fin ha llegado el momento más esperado y deseado por todos y todas.

Capítulo 3: Los Gaiteros de Guacamayal.
Teaser del capítulo 3, montaje a partir del material filmado durante la fase de investigación del proyecto documental, en Ovejas, Montes de María y Barranquilla.

Vientos de Resistencia cap. 3 (teaser) los gaiteros de Guacamayal from zeltiaudiovisuales on Vimeo.
“Era el año 1972, en aquella época yo estaba estudiando bachillerato en el norte... escuchando un programa de tv donde presentaban a los gaiteros de San Jacinto, el maestro Juan Lara se quejó de que a los muchachos no les gustaba la gaita, que la gaita se estaba perdiendo. Y.. ese día, yo recuerdo bien que dije que la gaita no se iba a acabar mientras yo viviera”
Y así cuenta Fred Caro como comenzó su trabajo de búsqueda de los viejos gaiteros y tamboreros que él mismo había escuchado de niño en las rondas de gaitas que se hacían en su pueblo, Guacamayal.
Guacamayal es un pequeño pueblo de la zona bananera en el caribe colombiano, muy cerca del Macondo inmortalizado como universo mítico por García Márquez. La región está poblada principalmente por comunidades afrodescendientes que se instalaron en la zona a principios del siglo XX y trajeron consigo la música de gaita a la zona.
A principios de los años 80 Fred, aprendiz de gaitero, y Toño, aprendiz de tamborero, ambos jóvenes e idealistas de Guacamayal se encuentran en el camino de recuperación de la música de gaita y crece entre ellos una gran amistad. Juntos emprenden el proceso de localización de los viejos gaiteros de la región que culminará con la formación del grupo Los gaiteros de Guacamayal.
“Nos tocó convivir con ellos por las tardes.. irnos a los patios de las casas, charlar.. porque la aceptación no es así nomás.. es un proceso” -cuenta Fred-. Los maestros habían dejado de tocar música de gaita, a la que despreciaban por considerarla música de parranda que se toca a cambio de una botella de ron.
En el año 1986 el grupo Los gaiteros de Guacamayal, integrado por los hermanos Zuñiga (Manuel y Miguel), Victorio, Toño y Fred se presenta al Festival Nacional de Ovejas y gana el primer premio, entonces el grupo comienza a viajar y a tocar por toda la región.
Entusiasmados, Toño y Fred fundan una escuela de gaita en Guacamayal para enseñar a las jóvenes generaciones. “Un niño que se recupere, que se ponga a estudiar gaita, es una persona que se le arrebata al proceso ordinario a nivel social, porque es inherente a la gaita otro pensamiento”-cuenta Fred- Pero este potencial transformador de la gaita no le gustó a los paramilitares que tenían el control de la zona, y quisieron aniquilarla:
“Sucedió en el contexto del paramilitarismo, era una zona muy caliente y los gaiteros de Guacamayal estaban ahí. Hubo alguien que, como dicen por aquí “se la montó a Toño” y sin mas preámbulos lo mató”. “Ese tipo decía que la gaita era una fachada” -cuenta Fred-.
A Fred le resulta difícil hablar de lo que sucedió y el duelo que le provocó.
Toda la actividad musical quedó truncada. Después de un exilio forzado  Fred se instaló en Barranquilla, donde vive ahora. No volvió al festival de Ovejas ni a Guacamayal hasta el año 2008. Todavía ahora siente inquietud cuando va a Guacamayal, donde de nuevo enseña gaita a algunos jóvenes de la zona.
“Desde el año 1972 hasta la fecha, la gaita creció, se multiplicaron los grupos.. los maestros deben estar en paz, descansan tranquilos, la gaita no va a desaparecer aunque maten a un compañero, este proceso ya es imparable” -dice Fred-
En Guacamayal, entre sus casas, fincas bananeras, lomas y ríos se escucha el son que tocan Miguel Zúñiga – que es junto a Fred el último sobreviviente de los Gaiteros de Guacamayal- , Fred y otros jóvenes músicos de la región desde el patio de la casa de los Zúñiga; es una composición musical creada por Fred, cuya letra dice: “Se fueron muchos amigos, en contra de su voluntad.. y yo sigo el son, sin quemar mis alas, y regreso al rancho en la madrugá.. a ver a mi amada.”

Epílogo.
En el corazón de las lomas verdes y frondosas de los Montes de María, Colombia, se encuentra Ovejas, un pequeño pueblo campesino que hoy parece hervir de actividad: artesanos y vendedores ambulantes llenan de colores la plaza central con puestos repletos de sombreros y maracas, dos señoras fríen patacones y arepas en grandes ollas y la calles de tierra del pueblito se animan con los grupos de música que, protegidos bajo las sombras de los toldos y árboles, tocan sus gaitas, tambores y maracas rodeados de gente que baila y goza la música. Entre el bullicio, militares armados a caballo pasean entre la gente y observan desde pequeños retenes en los accesos a la plaza.
Como cada año en Octubre, el  pueblo de Ovejas se convierte en el centro del mundo para los miles de músicos y apasionados de la gaita que asisten al Festival Nacional de Gaitas de Ovejas. El festival de Ovejas es hoy un lugar de encuentro entre los viejos maestros, portadores de la tradición musical, y las jóvenes generaciones apasionadas por la gaita. Un encuentro de amigos, estilos, ritmos y generaciones.
Fred, Arturo, Toño y los jóvenes de la Esucela Lumbalú se reúnen a tocar juntos en el patio de la sede del Festival de Ovejas.
Celebran que su música sobrevivió al olvido depredador en un mundo cada vez más globalizado, compitiendo con ritmos más comerciales y masificados en un país en permanente guerra entre grupos de poder (ejército, multinacionales, paramilitares, narcos y guerrilla) que luchan por las tierras y los recursos naturales y generan violencia y continuas amenazas, sobre todo en las comunidades rurales. En este contexto es muy difícil llevar a cabo cualquier iniciativa cultural y conservar las tradiciones, sin embargo la gaita creció y enamoró a los jóvenes en los pueblos y en las ciudades colombianas.

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